Para
llegar a San Petersburgo hay múltiples maneras: se puede llegar en
avión, en tren y autobús (desde puntos específicos de Europa) o en
crucero. Pero para todas ellas, habrá que tramitar el visado ruso
con antelación suficiente para no llevarnos sorpresas ante nuestro
programado viaje.
Cuando
pensamos en San Petersburgo, solemos imaginarnos grandes
avenidas, majestuosos palacios y apetitosas cúpulas de motivos
imposibles. Y efectivamente, no vamos desencaminados. Pero también
San Petersburgo es una ciudad de explícitos contrastes; el legado
soviético en su arquitectura, en las relaciones locales, en los
mercados y en los transportes conforman una atmósfera además de
romántica, de una peculiaridad desbordante.
San
Petersburgo fue diseñada a principios del siglo XVIII por el zar
Pedro I “el grande” para descentralizar la administración de su
capital, Moscú. El enclave fue decidido con el propósito de crear
una nueva “ventana a Europa”, a orillas del río Nievá y próximo
al mar Báltico.
Posteriormente
pasó a llamarse Petrogrado (ciudad de Pedro) y más tardíamente en
1924 y con motivo de la muerte de Lenin, Leningrado (ciudad de
Lenin); aunque tras la caída de la Unión Soviética en 1991 retomó
su nombre original (de origen germano).
Hay
numerosos lugares que visitar en esta espectacular ciudad, y el
viajero que se decida por este destino deberá tomarse su tiempo en
la urbe antes de abandonarla.
Uno
de los espacios más espectaculares es el museo del Hermitage
-donde vale la pena destacar
que niños y estudiantes con carnet ISIC podrán entrar
gratuitamente-, está constituido por el “Palacio de
Invierno” y un complejo anexo al mismo. En este museo pueden
encontrarse las obras y joyas más destacadas de la Rusia Imperial,
así como una infinita colección que abarca desde el arte
prehistórico hasta el impresionismo y expresionismo europeos de los
siglos XIX y XX.
Pero
el espectáculo del museo no se reduce solamente a sus colecciones,
sino que engloba la experiencia de que el museo por sí sólo es una
magnánima obra de arte que nos transporta a otros períodos
de grandeza imperial, de fastuosidad del poder tallado en oro,
convertido en lámparas y en cuberterías, en muebles y en elevados
techos celestes con diferentes motivos.
Un
lugar de tales características que ha sobrevivido a la dureza de
bloqueos, guerras y revoluciones, y que persiste incólume ante las
inclemencias del tiempo no puede ser objeto de una visita fugaz, sino
que sus visitantes disfrutarán de unas largas horas de contemplación
y aprendizaje, pues el museo en sí mismo llega a suponer una clase
magistral sobre la historia de la propia Rusia.

