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San Petersburgo: Un paseo por la historia de Rusia. Parte II


Si la historia de Rusia es bien reflejada por el museo ruso por antonomasia, el Hermitage, también lo es por su gastronomía. La variedad de sopas y la enorme influencia de la cocina caucásica y asiática en su alimentación nos dan una idea de lo inmensa, variada y plural que es la cultura rusa.

Platos típicos como el “borsh”, una sopa de remolacha de origen ucraniano, la “selianka”, otra de las sopas más recurrentes de la dieta rusa, de textura espesa, amarga y con un toque picante, el caviar negro y rojo, los “jinkali” una especie de tortellini grandes y rellenos de carne de cordero y verduras típicos de Georgia, o el “Shashlik”, carne a la brasa, son especialidades que todo ruso y extranjero disfrutarán con el propósito de conocer y viajar dentro de los órdenes de la variedad nacional y sus gustos.

Todos estos platos podrán ser degustados en cualquier ciudad del vasto país, así que siguiendo el hilo de nuestro viaje en San Petersburgo, lugares como “Ruskaia Riumochnaia” serán destinos idóneos para probar semejante variedad acompañada de un interesante toque de vodka, debemos recordar que esta bebida la gente local sólo lo bebe acompañado de comida, y sin mezclar con otras bebidas gaseosas, lo toman, como se dice coloquialmente, “a palo seco”.

Si la gastronomía es uno de los platos fuertes de nuestra visita, también lo serán, por supuesto, los largos recorridos a través de la ciudad.

El metro de San Petersburgo, diseñado en su origen por Stalin, es una de las maneras de desplazarnos de un punto a otro de la ciudad con el objeto de ver los monumentos planificados. Al contrario que el metro de Moscú, conocido por su belleza y por sus obras de arte arquitectónico y escultórico de estilo barrocos y real-socialistas soviéticos, el metro de San Petersburgo, también diseñado con tales características, encierra un tipo de hermosura un tanto diferente: es el metro más profundo del mundo, llegando a alcanzar los 110 metros de profundidad. Bajar por las pendientes de sus escaleras mecánicas hacia las estaciones, supone una travesía que pareciera un eterno viaje hacia el subsuelo, pues desde el extremo de arriba de las mismas es prácticamente imposible adivinar el final de los aparatos mecánicos.

Pero como bien es cierto que esta red ferroviaria no puede llegar a todos nuestros destinos, deberemos bajarnos en las estaciones más próximas a nuestros objetivos y proseguir la marcha a través de las largas avenidas y sorteando sus múltiples parques.

La "Fortaleza de San Pedro y San Pablo" es otra de nuestras visitas clave. Este monumento se encuentra situado en la pequeña isla de Zayachi, sobre el río Nievá en plena ciudad de San Petersburgo. Para llegar debemos bajarnos en la estación de metro Gorkovskaya y atravesar los puentes de Dvortsovy y Birzhevoy. Esta construcción es una joya erigida durante la Guerra del Norte, en el 1703, y en ella están enterrados los zares Pedro I, responsable de su construcción, así como Nicolás II y toda su familia.

Tiene una curiosa forma hexagonal, y en ella se puede apreciar una hermosa catedral con un campanario de 123 metros de altura. Desde este monumento, además, podremos apreciar las heladas aguas del río Nievá en invierno, y los numerosos puentes en movimiento para el tránsito de barcos en primavera y en verano. Este enclave será un pequeño refugio para los que necesiten descansar placenteramente en el medio de la vertiginosidad de la segunda ciudad más grande de Rusia.

San Petersburgo: Un paseo por la historia de Rusia. Parte I


Para llegar a San Petersburgo hay múltiples maneras: se puede llegar en avión, en tren y autobús (desde puntos específicos de Europa) o en crucero. Pero para todas ellas, habrá que tramitar el visado ruso con antelación suficiente para no llevarnos sorpresas ante nuestro programado viaje. 

Cuando pensamos en San Petersburgo, solemos imaginarnos grandes avenidas, majestuosos palacios y apetitosas cúpulas de motivos imposibles. Y efectivamente, no vamos desencaminados. Pero también San Petersburgo es una ciudad de explícitos contrastes; el legado soviético en su arquitectura, en las relaciones locales, en los mercados y en los transportes conforman una atmósfera además de romántica, de una peculiaridad desbordante.

San Petersburgo fue diseñada a principios del siglo XVIII por el zar Pedro I “el grande” para descentralizar la administración de su capital, Moscú. El enclave fue decidido con el propósito de crear una nueva “ventana a Europa”, a orillas del río Nievá y próximo al mar Báltico.
Posteriormente pasó a llamarse Petrogrado (ciudad de Pedro) y más tardíamente en 1924 y con motivo de la muerte de Lenin, Leningrado (ciudad de Lenin); aunque tras la caída de la Unión Soviética en 1991 retomó su nombre original (de origen germano).

Hay numerosos lugares que visitar en esta espectacular ciudad, y el viajero que se decida por este destino deberá tomarse su tiempo en la urbe antes de abandonarla.
Uno de los espacios más espectaculares es el museo del Hermitage -donde vale la pena destacar que niños y estudiantes con carnet ISIC podrán entrar gratuitamente-, está constituido por el “Palacio de Invierno” y un complejo anexo al mismo. En este museo pueden encontrarse las obras y joyas más destacadas de la Rusia Imperial, así como una infinita colección que abarca desde el arte prehistórico hasta el impresionismo y expresionismo europeos de los siglos XIX y XX.
Pero el espectáculo del museo no se reduce solamente a sus colecciones, sino que engloba la experiencia de que el museo por sí sólo es una magnánima obra de arte que nos transporta a otros períodos de grandeza imperial, de fastuosidad del poder tallado en oro, convertido en lámparas y en cuberterías, en muebles y en elevados techos celestes con diferentes motivos. 
 
Un lugar de tales características que ha sobrevivido a la dureza de bloqueos, guerras y revoluciones, y que persiste incólume ante las inclemencias del tiempo no puede ser objeto de una visita fugaz, sino que sus visitantes disfrutarán de unas largas horas de contemplación y aprendizaje, pues el museo en sí mismo llega a suponer una clase magistral sobre la historia de la propia Rusia.