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Curiosidades sobre la Torre Eiffel


La Exposición Universal de París de 1889 conmemoraba el centenario de la Revolución Francesa. Gustave Eiffel construyó para la ocasión una torre de 300 metros de altura con estructura de hierro, que era toda una innovación arquitectónica. En un principio la Torre Eiffel sólo iba a permanecer en el centro de París mientras durase la exposición, y luego sería desmontada. Afortunadamente la reacción popular hizo que el gobierno decidiese conservarla, ya que se había convertido en un emblema nacional.

Hay muchos elementos curiosos en la historia de esta famosa torre. En un principio, Gustave Eiffel presentó su proyecto en Barcelona para la Exposición Mundial  de 1888, pero no fue aceptado ya que suponía muchos gastos y se salía de los cánones de la época. Aun siendo única, la Torre Eiffel tiene réplicas en los dos extremos del mundo. Una de ellas se encuentra en una aldea de Nagaybaksky, en Rusia, y fue construida en 2005, funcionando como una antena para teléfonos móviles. La otra se halla en Tennessee, Estados Unidos.

Durante la invasión nazi de París (1940-44) los alemanes utilizaron la Torre Eiffel para difundir sus mensajes a través de la televisión local. En estos años alguien cortó los cables de los ascensores para evitar que Hitler subiera al punto más alto durante las pocas horas que permaneció en la capital francesa.  Seguro que  el Führer ni se planteó la opción de subir los 1600 escalones que conducen a los dos primeros niveles. En agosto de 1944, poco antes de la liberación de París, Hitler ordenó a su gobernador militar Dietrich von Choltitz que demoliera la torre y arrasara la ciudad. Pero ignoraba que Choltitz tenía ascendencia francesa, por lo que desobedeció la orden. 

La Torre Eiffel es el monumento más visitado del mundo, con unos 6 millones de visitas anuales. Pese a ello aún guarda algunos secretos, como la extraordinaria sala de máquinas que controlan los ascensores o el búnker construido durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el Campo de Marte. Por razones de seguridad, estas dependencias deben visitarse con un guía autorizado, lo que eleva el precio de la entrada. Sin duda merece la pena descubrir los entresijos de este singular edificio, que son parte de su historia. 

Lisboa, ciudad de Fados


La capital portuguesa es una mezcla singular de sensaciones. Por un lado, el esplendor de su época colonial en Brasil contrasta con la paulatina decadencia de siglos posteriores. Iglesias destruidas por el terremoto de 1755 conservadas en ruinas para dar muestra de sus devastadoras consecuencias. La belleza de los azulejos que pueblan las calles y edificios perfumados a sardina frita en las estaciones veraniegas. El amarillo de los centenarios tranvías en contraposición con el azul de la desembocadura del río Tajo al océano Atlántico. Todo ello combinado da lugar a una ciudad sin igual.

Para empezar la visita, os recomendamos que os alojéis en el centro de la ciudad, en el barrio de Rossio, des del cual podréis ir andando a todos los lugares de interés. Un recorrido inicial podría consistir en acercarse a la zona de Alfama y entrar a algunos de sus restaurantes de Fado, en los que podréis disfrutar de la gastronomía portuguesa mientras escucháis melancólicas melodías (muy características de Lisboa). En este barrio también es muy habitual en los meses calurosos encontrar en plena calle gente asando sardinas a la parrilla, personas mayores descansando en los soportales, que dan una ambientación poco habitual en una ciudad. Des de Rossio también podéis coger uno de los tranvías que suben al castillo de San Jorge y deleitaros de un paseo hacia otra época. Entrar al castillo es optativo, pero sin duda lo mejor de esta visita son las increíbles vistas de la ciudad y dejarse perder por las callejuelas y el colorido de sus casas (¡y la despreocupada ropa tendida de los nativos!). 
 

También debéis visitar alguna de las múltiples pastelerías, donde podréis probar panes deliciosos y sus famosos “pasteles de crema”, un manjar muy típico de allí. Pero si queréis probar los mejores pasteles sin duda debéis acercaros al barrio de Belem, donde, a parte de encontrar buenos restaurantes y la mejor pastelería de la ciudad, podréis visitar los monumentos que más ejemplifican la era dorada de Portugal, como el monasterio de los Jerónimos.

Si aún no habéis estado en Lisboa, no dudéis en viajar a nuestra vecina Portugal, pues bien merece nuestra visita. ¿Que te gusta mas de Portugal?

San Petersburgo: Un paseo por la historia de Rusia. Parte II


Si la historia de Rusia es bien reflejada por el museo ruso por antonomasia, el Hermitage, también lo es por su gastronomía. La variedad de sopas y la enorme influencia de la cocina caucásica y asiática en su alimentación nos dan una idea de lo inmensa, variada y plural que es la cultura rusa.

Platos típicos como el “borsh”, una sopa de remolacha de origen ucraniano, la “selianka”, otra de las sopas más recurrentes de la dieta rusa, de textura espesa, amarga y con un toque picante, el caviar negro y rojo, los “jinkali” una especie de tortellini grandes y rellenos de carne de cordero y verduras típicos de Georgia, o el “Shashlik”, carne a la brasa, son especialidades que todo ruso y extranjero disfrutarán con el propósito de conocer y viajar dentro de los órdenes de la variedad nacional y sus gustos.

Todos estos platos podrán ser degustados en cualquier ciudad del vasto país, así que siguiendo el hilo de nuestro viaje en San Petersburgo, lugares como “Ruskaia Riumochnaia” serán destinos idóneos para probar semejante variedad acompañada de un interesante toque de vodka, debemos recordar que esta bebida la gente local sólo lo bebe acompañado de comida, y sin mezclar con otras bebidas gaseosas, lo toman, como se dice coloquialmente, “a palo seco”.

Si la gastronomía es uno de los platos fuertes de nuestra visita, también lo serán, por supuesto, los largos recorridos a través de la ciudad.

El metro de San Petersburgo, diseñado en su origen por Stalin, es una de las maneras de desplazarnos de un punto a otro de la ciudad con el objeto de ver los monumentos planificados. Al contrario que el metro de Moscú, conocido por su belleza y por sus obras de arte arquitectónico y escultórico de estilo barrocos y real-socialistas soviéticos, el metro de San Petersburgo, también diseñado con tales características, encierra un tipo de hermosura un tanto diferente: es el metro más profundo del mundo, llegando a alcanzar los 110 metros de profundidad. Bajar por las pendientes de sus escaleras mecánicas hacia las estaciones, supone una travesía que pareciera un eterno viaje hacia el subsuelo, pues desde el extremo de arriba de las mismas es prácticamente imposible adivinar el final de los aparatos mecánicos.

Pero como bien es cierto que esta red ferroviaria no puede llegar a todos nuestros destinos, deberemos bajarnos en las estaciones más próximas a nuestros objetivos y proseguir la marcha a través de las largas avenidas y sorteando sus múltiples parques.

La "Fortaleza de San Pedro y San Pablo" es otra de nuestras visitas clave. Este monumento se encuentra situado en la pequeña isla de Zayachi, sobre el río Nievá en plena ciudad de San Petersburgo. Para llegar debemos bajarnos en la estación de metro Gorkovskaya y atravesar los puentes de Dvortsovy y Birzhevoy. Esta construcción es una joya erigida durante la Guerra del Norte, en el 1703, y en ella están enterrados los zares Pedro I, responsable de su construcción, así como Nicolás II y toda su familia.

Tiene una curiosa forma hexagonal, y en ella se puede apreciar una hermosa catedral con un campanario de 123 metros de altura. Desde este monumento, además, podremos apreciar las heladas aguas del río Nievá en invierno, y los numerosos puentes en movimiento para el tránsito de barcos en primavera y en verano. Este enclave será un pequeño refugio para los que necesiten descansar placenteramente en el medio de la vertiginosidad de la segunda ciudad más grande de Rusia.